22 cuentos asimétricos, más una historia de amor a mi manera de Martín Coria
Martín Coria nació en San Isidro el 16 de septiembre de 1969, y se crió en San Fernando.
Este, su primer libro publicado, fue escrito en ratos libres y vacaciones entre 1999 y el 2005.
Su obra cuenta con mucho material entre novelas sin terminar, series para radio, ensayos y pilas de cuentos que algún días serán publicados.
Su actividad principal está ligada al marketing y las comunicaciones, y por el momento la literatura representa para él un espacio de placer y descarga.
De este libro, reproducimos aquí un cuento:
Vacaciones
Desde antes de que terminaran las clases sabía que iba a ir a la playa por lo menos medio mes.
El calor había llegado muy temprano ese año, pero cuando hay vacaciones previstas en algún lugar fuera de casa, es como que uno no quiere hacer nada mientras,
porque ya falta poco para irnos. Nada importa.
Algunos días pasan muy rápido, y otros, en cambio, son interminables.
Igual a mí me gusta mucho dormir.
Mi abuela me decía todo el tiempo que saliera al fondo, porque necesitaba sol para no llegar blanco a la playa. Yo le decía que no, que el sol de la playa
era muy diferente al del fondo; y que para mi tipo de piel era mejor directamente el sol de la playa. A veces me decía, mientras pegaba algún botón o cosía
el agujero de alguna media, que me iban a salir ampollas por todos lados si no tomaba sol antes, y que cuando fuera grande me saldrían pelos por todo el
cuerpo, como a ese albañil que había venido tantas veces a la casa por el tema de la humedad.
Yo le había preguntado una vez al albañil si cuando era chico tomaba sol antes de ir a la playa o no, pero me había dicho que a la playa había ido recién
después de casado. No le pregunté a qué edad se había casado, pero seguro que había sido después de cumplir los siete.
A mí el sol del fondo de la casa de mi abuela no me gusta, me da calor. Pero el de la playa sí me gusta, porque tiene vientito y olor a mar y caracoles.
Una parte importante de la preparación para las vacaciones es pensar en qué llevar. De la ropa se ocupa algún grande, pero de las otras cosas me ocupo yo.
Del año pasado tengo cuatro autitos de carrera para la arena, un barrenador sin punta, un balde especial para juntar berberechos y una pala de metal, que
es una pala de grandes que me encontré cerca de la playa hace mucho y ahora es mía y de nadie más.
Navidad tardó en llegar. Me regalaron dos mallas iguales, dos remeras y un gorro para la playa. Y ningún autito nuevo. Yo pensé que me iban a regalar un
autito de carrera para la arena, que era lo que más necesitaba; pero yo ya me había enterado en el colegio que el de los regalos no era Papá Noel, sino
los parientes. Entonces tenía que mostrarme contento con esos regalos que me habían dado. Para mí esos no eran regalos, porque igual alguien me compraba
esas cosas. Me acuerdo que mi mamá, cuando yo era más chico, siempre me llevaba a comprar esas cosas.
Salimos en el auto de mi tío al día siguiente de la noche de Año Nuevo, justo cuando habían salido todos los otros que iban de vacaciones a las playas,
porque "la ruta estaba imposible", decía mi tía, que siempre le echaba la culpa a mi tío por el tráfico, por el calor, por todo. A veces yo pensaba que
mi tío era medio sordo, porque no respondía, o decía "qué decís", todo el tiempo. Pero cuando yo hablaba con él, a veces le hablaba bajito para ver si
escuchaba, y a mí siempre me escuchaba. Yo había leído en una enciclopedia que el oído estaba siempre abierto, también cuando dormíamos. No es como los
ojos que se pueden cerrar. Pero yo pensaba que por ahí los hombres podían escuchar mejor la voz de otros hombres, y por ahí no escuchaban bien la voz de
las mujeres. No había encontrado eso en ninguna enciclopedia todavía, pero tampoco había revisado muchas; dos en realidad. Había que seguir buscando. Yo
creo que eso podía ser cierto, porque con el oído de las mujeres pasaba lo mismo; a veces, cuando hay muchas señoras juntas hablando a la misma vez, y
yo estoy por ahí, jugando cerca, yo no entiendo nada de lo que hablan, pero parece que ellas si se entienden entre ellas. Para mí que hay oídos varones
y oídos mujeres. Es la única explicación.
Llegamos de noche. La casa era oscura, y afuera ya estaba la arena. Mis primos eran chiquitos y yo los tenía que cuidar; ya me habían dicho.
A la mañana recorrí el barrio y casi toda la playa con mi tío.
Ahí cerca había un muelle para los pescadores, que tenía unas columnas gigantes donde las olas chocaban todo el tiempo.
Mi tío había traído en el techo del auto un medio mundo, que es como un redondel gigante de alambre, como un colador pero con un palo y una soga que llega
hasta el mar, y que sirve para levantar pescados. Él me decía que estaba muy contento de que yo hubiera ido con ellos de vacaciones, porque necesitaba
un ayudante para pescar. Yo nunca había pescado. Mi tío era bueno, porque me decía esas cosas para que yo estuviera contento.
Yo ya había visto gente pescar desde la playa, pero con cañas; y no parecía demasiado divertido.
En el auto había escuchado a mi tía decir que no pensaba limpiar ningún pescado este año. Que ella necesitaba descansar. Yo sé que los pescados tienen feo
olor, y pobre mi tía si los tenía que lavar ella sola.
Y ahí estaba yo.
Había esperado tanto tiempo ese momento que no sabía qué hacer con toda esa playa.
Andaba con la pala de acá para allá.
Mi mamá no me hacía dormir la siesta cuando íbamos a la playa cuando yo era más chico, pero mi tía me mandaba a dormir dos horas todas las tardes. Yo ya
era grande, y me había llevado un libro; entonces leía.
Usaba para separar las hojas una foto que nos había sacado alguien en alguna playa parecida a ésta, a mi papá, a mi mamá y a mí cuando yo tenía tres o cuatro
años. Mis tíos me habían dado esa foto donde se veía un ancla gigante, mucho más alta que nosotros, que estaba toda oxidada, tirada en la arena, así nomás.
Mi mamá estaba sentada en uno de los fierros del ancla, yo al lado y mi papá parado atrás. Era la foto que más me gustaba.
Mis tíos siempre me llevaban para el mismo lado en la playa. Yo quería ir para el otro lado, no el del muelle, porque unos chicos que jugaban a los autitos
conmigo me habían dicho que para el otro lado se llegaba a un lugar que se llamaba las rocas negras, y que había cangrejos. Pero mis tíos, que en general
trataban de complacerme, se oponían terminantemente a ir a las rocas negras.
Una noche ese tema provocó una pelea entre los tres, y después entre ellos dos.
Yo me fui a dormir enojado y triste.
Varios días después, cuando la cosa ya estaba calmada, a la hora de la siesta me escapé.
Me fui para el lado prohibido, pensando en cangrejos y misterios, y en volver rápido para que no se dieran cuenta de que me había ido.
Caminé mucho, casi corriendo, cada vez iba más rápido, esquivando gente. No sabía si era muy lejos. No sabía qué buscaba.
Agitado empecé a caminar más despacio.
Cada vez había menos gente en la playa.
Y de repente vi a una mujer que estaba sentada en uno de los fierros de un ancla gigante, toda oxidada, tirada en la arena, así nomás.
Me acerqué muy despacio, casi sin respirar, con miedo a que desapareciera, y casi sin mirarla me senté al lado de ella.


Martín Coria dijo
Hola, son Martín Coria, el autor del libro que aparece aquí.
Me gustaría saber como llegaste hasta mi libro.
De más está decirte que me llena de orgullo aparecer aquí.
Por otro lado, si me das tu dirección postal te puedo enviar un ejemplar impreso como regalo de mi parte.
Gracias,
Martín Coria
28 Noviembre 2005 | 02:37 AM